Hay carta para Amalia. Javier Cerced
Amalia permanecía asomada a la calle desde el balcón. Sus manos, agarrando firmemente la negra barandilla. Unas finas gafas colgaban de un cordoncillo sobre su pecho y tiraban de él hacia el pavimento. Llevaba el pelo estirado hacia atrás formando, como contrapeso, un moño cenizoso. Miraba con ansiedad hacia el fondo de la pendiente. Su casa estaba situada en la parte alta de una calle empedrada de casas de piedra.
MEMORIAS CAMPESINAS, Jaime de Nepas
16 de noviembre de 2007-12-17